Venta directa como forma de trabajo precarizado
La Rueda de la Fortuna
El oficio de “revendedora” – lo de “re” hace alusión a una cadena que empieza su venta en la distribuidora de productos – suele alimentar la antigua ilusión de que con paciencia y esfuerzo se puede escalar en la pirámide económica. Esa es la zanahoria que ponen frente a la nariz de cientos de miles de mujeres las empresas que usan este sistema de venta que necesita de las redes sociales que las mujeres construyen a diario sea en el barrio, en la puerta de la escuela de sus hijos e hijas o paseando por oficinas.
Reuniones que generan la idea de pertenencia, un sistema de premios, la ilusión de convertirse en consejera de sus pares – sea a través de la recomendación de cosméticos, utensilios de cocina y hasta juguetes sexuales – , con todas herramientas que engalanan lo que en definitiva es una forma de trabajo precarizado en donde las empresas son las que cosechan la fortuna mientras las mujeres empujan la rueda.
Quienes venden, quienes compran
Las revendedoras son en su mayoría mujeres desocupadas, o con trabajos inestrables, o amas de casas. En ese sentido, la docente y ex revendedora Silvia Medina arriesga la hipótesis de que “cuando tenés trabajo fijo, no seguís con la venta”. Las clientas suelen ser mujeres de los sectores medios que les compran – a veces para hacer un favor, otras por gusto – a las trabajadoras domésticas, porteras del colegio o vecina del barrio. Pero también están las mujeres de los sectores populares que no se acercan a las farmacias o perfumerías a comprar estos productos pero sí se los compran a sus vecinas, amigas o familiares. También están las que venden para financiarse sus propios cosméticos, las denominadas “vendedoras encubiertas”.
Detrás del Maquillaje
Al explicar la naturalización de las reglas de juego de este sistema conocido como venta piramidal, Viviana Cifarelli, socióloga del Taller de Estudios Laborales (TEL) sostiene que “hay una relación de dependencia ocultada atrás del supuesto cuentapropismo”.
“Otra gran mentira es la idea de libertad que asocia la publicidad a la reventa. No hay libertad, existen reglas claras para los pagos, calendarios de entrega de los productos, ¿y quién las impone? Las impone el patrón. ¿Quién organiza? ¿Quién calendariza? Es la empresa productora. El principio de autoridad sobre el calendario de retiro, entrega y pago los pone la patronal. A su vez, la figura de supuesta cuenta propia hace perder cualquier posibilidad de organizarse en función de defensa del trabajo y condiciones, la anula.”
El marketing de la belleza
Adriana Amado Suárez es docente investigadora de la Universidad de La Matanza, doctora en Ciencias Sociales y autora del libro La mujer del medio. Analiza la nueva publicidad de Avon en la que varias mujeres cuentan su testimonio como revendedoras. “El spot es creíble, son testimonios reales, en vez de ser una publicidad propositiva es descriptiva porque cuenta algo que se da desde hace muchos años. Para muchas es su primer acceso a la belleza estandarizada. Avon toma como referente a Susana Jiménez, y cada vez que Susana dice ‘tengo el lápiz labial de Avon’, se venden 200 mil lápices de labios”.
Los ‘libritos’ o folletos son la herramienta de venta en la mano de cada revendedora. Se pueden dejar en la casa de la amiga o la cuñada “para que lo vea tranquila” y después se lo retira con algún pedido. Las modelos de los folletos, en su mayoría rubias, de ojos claros, flacas, de pieles perfectas, distan mucho de las mujeres que portan el librito. Para llegar a ese ideal de belleza, las compañeras de cosmética ofrecen cantidad de productos – nunca uno igual al de la campaña siguiente – que prometen “armonía facial”, “crema para hombros” o cremas “ageless results” con su traducción al castellano en una letra más chica que indica que es una crema de “renovación antiedad”.
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